14.5.15

Las mujeres que no seremos amadas

¿Sabes todas esas construcciones sobre el amor?

Esas representaciones. Incluso las más alternativas: esas formas de querer libremente, llenándote una mujer tal y como es, valorando todas sus imperfecciones, que la hacen bella.
Toda esa mujer en forma de lluvia, y cómo desean que les cale, les empape, llenarse de ella. Y bailarla, llorarla, amarla, echarla de menos... vivirla.

Todo ese amor, ese deseo y ese respeto que juran que tendrán.
Todo ese acto de voluntad.
Todo ese ejercicio de querer y ser querido.
De arriesgarse, de apostar.
Todas esas ganas de saltar al vacío.
Gastar el tiempo en descubrir, esperar, y nunca sentir que es un tiempo que se pierde.
Cuando dicen que es una oportunidad que deciden aprovechar.

Todas las representaciones que leo, que veo, que viven los demás.
Esos sentimientos que te cuentan que experimentaron. Esas suertes que al final ocurrieron.
Todos ellos y todas ellas.

Trazas una línea, y colocas todo aquello: las palabras, las imágenes, los recuerdos, sus brillos en los ojos.

Y al otro lado





estás tú.



En tu sitio.
Tú, que describes todo lo que ves con lujo de detalles, con la precisión poética de quien la vida le ha dado más reflexión que acción.
Tú y tus palabras. Que son como las marcas de tus dedos sobre el cristal del escaparate.
Tus palabras. Que a veces obran su magia y hacen parecer que tú también las hubieras vivido.
Por un momento.


Emma Dajska



9.4.15

pulso sostenido

Como un animal pequeño, que tuvieras que sostener con suavidad pero con firmeza, para que no se escapara. Un pajarillo escurridizo que fuera a recuperar su capacidad de volar en cualquier momento. Ésos a los que dábamos miga de pan mojada en agua cuando los encontrábamos caídos en algún rincón del jardín. Aquellos que nunca volvíamos a ver, ni oír.

Me sujetabas, me acariciabas, me conocías.
Mi mano cabía entera dentro de la tuya.

"¿Por qué te gusta tanto sostenerme las muñecas?", te pregunté una vez.
"Porque es donde reside tu pulso, porque si apoyo los dedos, puedo sentir el paso de tu sangre", me respondiste. Cerrabas los ojos y sonreías como recordando algo que sólo tú supieras. Los dos callábamos.
Quisiste demostrármelo poniendo la yemas de los dedos de mi mano libre sobre mi muñeca, pero yo no notaba nada: ni ritmo, ni murmullo, ni reloj. Nada.
Los días que no nos veíamos, a veces volvía a tocarme el interior de las muñecas, empeñada, concentrándome en notar mi pulso, pero seguía sin encontrarlo.

Durante muchos años entrelazamos nuestras manos, medimos el filo de nuestros huesos, el peso de nuestra carne, y fuimos creciendo. Nuestras vidas avanzaban como los glóbulos rojos en mis venas. Nos sostuvimos el uno al otro, nos sincronizamos, nos cuidamos como animales pequeños.
Un día te dije: "¿Crees que seguirás sosteniéndome las muñecas cuando ya no tengan pulso?".

No tuvimos tiempo de descubrirlo.



Hoy me doy cuenta de que mi mano no cabe dentro de la otra, que mi piel es más áspera cada vez, más arrugada. Que nadie se desliza por esa parte de mi cuerpo.
Y que, por más que busco y busco, no encuentro ningún latido allí donde tú solías encontrarlos siempre.



Laura Makabresku



31.3.15

insectos y piel

Hoy he soñado con insectos y ha sido un poco desagradable.
Creo que es porque hace unos días, mientras estaba delante del ordenador, fui a coger algo de la mesa de mi escritorio, moví un papel, y de debajo salió corriendo una pequeña araña, que llegó hasta el final de la mesa y huyó descolgándose.
No le dí mayor importancia.
La semana pasada, también en la misma situación, hice un descanso ocular dejando caer la mirada por las paredes detrás de la pantalla... y descubrí una pequeña mariquita, de las que son negras.
También me dio igual, la dejé allí y volví a mis asuntos.

He asumido que con las recientes buenas temperaturas y la cantidad de tiempo que tengo abierta la ventana, se me cuelan bichos en la habitación.

Pero hoy el sueño no ha sido muy divertido: mis insectos estaban debajo de la cama y eran como unas mantis religiosas pero muy finas, como hechas de astillas negras. Y grandes, como del tamaño de un gato. Y malvadas, estaban acechando... eso en un sueño, pues lo notas, notas el mal rollo.
Tenía claro que debía acabar con todas ellas. Sin piedad ninguna. Así que cogía un cepillo del pelo de  madera, y las daba justa muerte golpeándolas en su cabeza. Pero al hacerlo, las astillas de su cuerpo salían disparadas con violencia, y se me clavaban en la piel. Las había de todos los tamaños: gruesas, delgadas, largas, cortas, algunas me atravesaban los dedos de lado a lado, algunas se me quedaban enteras debajo de la piel. Y yo me las iba quitando una a una, con cuidado y precisión. Todas las astillas religiosas estas.


Hace tiempo que vengo coleccionando imágenes donde haya insectos escalando rostros humanos.
Es una sensación que me da infinita grima, pero a la vez me atrae irremediablemente. Y me parece muy metafórico.
Una polilla revoloteando en tus labios, sus movimientos y las cosquillas, llenando la boca de ese polvillo fino de sus alas, mezclándose con tu saliva...
Una hormiga que va a beber directamente a tu lagrimal, se asoma dentro y chupa, sus patitas apoyadas en tu ojo.
Y una hormiga alada, deslizándose dentro de tu nariz, cada vez más y más arriba... y tus ganas de estornudar.



Amanda Leivian

Jaz Wasson


Jaz Wasson

Jaz Wasson
Jaz Wasson
Daniel Sannwald




1.3.15

marzo, por fin

Hoy entra marzo.
Ha llegado rápido, antes de lo que pensaba. Mejor.

Y llega limpito y nuevo. Marzo, que en mi cabeza siempre es de un color malva claro, a causa de mi bendita sinestesia.
Marzo, la lengua desplazándose detrás de los dientes al pronunciar la R y después la Z, ¿lo notas?

Marzo, el mes en el que cierro algunas puertas, y abro unas ventanas, para que entren sólo luz y brisa. Sólo.
El mes en el que hay que sembrar las semillas de lo que queramos recolectar después, el mes de la mujer, de la llegada de la primavera, del cambio de hora... El mes en el que te das cuenta de que el suelo existe, y que frena. Y entonces, te levantas y caminas.


Y a partir de ahora, todo lo que voy a vomitar van a ser flores.

Yasutomo Ebisu




16.2.15

pesadillas


     Por la noche la despertó, ella lloraba en sueños.

   Le contó: «Estaba enterrada. Hace ya tiempo. Venías a verme todas las semanas. Siempre golpeabas con los nudillos en la tumba y yo salía. Tenía los ojos llenos de tierra.
   »Decías: 'Así no puedes ver' y me quitabas la tierra de los ojos.
   »Y yo te decía: 'De todos modos no veo. Si tengo agujeros en vez de ojos'.
   »Y un día te fuiste y no volviste durante mucho tiempo y yo sabía que estabas con otra mujer. Pasaban las semanas y tú no volvías. Tenía miedo de no verte y por eso no dormía nunca. Por fin volviste a llamar a la tumba, pero yo estaba tan cansada después de un mes sin dormir que no tenía fuerzas para salir a la superficie. Cuando lo conseguí, tú me miraste decepcionado. Me dijiste que tenía muy mal aspecto. Sentí que te desagradaba terriblemente, que tenía la cara hundida y hacía unos gestos muy bruscos.
   »Te pedí disculpas: 'No te enfades, no he dormido en todo el tiempo'.
   »Y tú dijiste con voz falsa, tranquilizadora: 'Ya ves. Tienes que descansar. Deberías tomarte un mes de vacaciones'.
   »Y yo sabía perfectamente qué querías decir con lo de las vacaciones. Sabía que no querías verme en todo el mes porque estarías con otra mujer. Te fuiste y yo bajé a la tumba y sabía que pasaría otro mes sin dormir para estar despierta cuando vinieses y que, cuando llegases al cabo de un mes, estaría aún más fea que hoy y que tú estarías aún más decepcionado. »

     No había oído nunca un relato más torturado que aquél. Apretó a Teresa contra su pecho, sintió su cuerpo que temblaba y le pareció que era incapaz de soportar su amor.


M. Kundera




Y entonces, empezaron a llegar los despertares en los que, al abrir los ojos, me doy cuenta de que están llenos de tierra.





13.2.15

prunus dulcis

El cianuro huele a almendra amarga.
Las personas que mueren debido a una intoxicación cianhídrica desprenden este olor.
La cámara de gas, los insecticidas, un incendio industrial... todos los vapores amargos que romperían el oxígeno en tus células.

No sólo el olor, su sabor también podría matarte. La activación de tu lengua, en su parte posterior, te daría un pequeño aviso. Sin embargo, si deleitado por la experiencia, decides comerte un kilo de almendras amargas, seguramente morirías. Cincuenta semillas de manzana, o treinta de albaricoque, asfixiarían también todas tus células y te convertirías en un cadáver con aroma a amaretto.


Dentro de pocas semanas, los almendros florecerán.
Llegarán los primeros, para aliviar nuestras ansias, nos darán un respiro. Para todos aquellos que no aguantamos nuestras ganas de que todo esto termine ya, y venga el calor, las flores y la luz.
Para los que han arrastrado un invierno demasiado frío y se ven incapaces de esperar al verano para conseguir treinta albaricoques. Para los que llevan sintiendo un sabor amargo en la boca desde hace demasiado tiempo, y piensan que seguramente ya no habría diferencia.


Todo tiene su función y su papel en la naturaleza.
Los almendros florecen antes para todos los que se rinden antes de primavera.







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